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sábado, 7 de octubre de 2023

MEDITERRANEO (GABRIELE SALVATORES, 1991) (AVI)


DEDICADO A MI AMIGO XAVIER GRÀCIA

Me permito dedicarle este post a mi amigo Xavier Gràcia, que me pidió también esta película. Con él fui a verla cuando se estrenó en Barcelona, en un momento personal complicado, disfrutando de este film que nos narraba historias de vidas humanas en proceso de cambio, de adaptación, de sorpresa, de amor, de felicidad, de tristeza, de melancolía, de escapadas... Historias humanas que nos dejaban mucho mensaje y mucha reflexión. Ahora la verá, 25 años después, en otro momento convulso de su existencia (positivo afortunadamente) acompañado de otra persona con la que espero y deseo, desde lo más hondo de mi persona, que disfrute para siempre, como para siempre será nuestra amistad.

Dicho ésto, vamos a por la película:

Una idea básica para entender la película: la historia de la colonización a la inversa: los soldados italianos terminarán vestidos como los griegos.

MEDITERRÁNEO es una pequeña (gran) comedia italiana; cómica y cariñosa película deliciosa de ver, deliciosamente italiana. Quinta obra del director Gabrielle Salvatores y ganadora del oscar a la mejor película extranjera en 1991, así como de tres premios David di Donatelli.



Durante la Segunda Guerra Mundial, un grupo de soldados italianos son desembarcados en una isla perdida del mar Egeo llamada Mighisti (la más grande), con las órdenes de observar movimientos del enemigo e informar al mando. Después de un accidente se quedan sin radio para poder ponerse en contacto con sus superiores; ahí comenzará la odisea particular de cada uno de ellos.



Con un inicio de ambiente bélico, la película da un giro impresionante —apenas han transcurrido las primeras escenas— que hace dibujar una sonrisa de complacencia y complicidad con lo que está sucediendo. Militares que no parecen militares (“usted es un tipo raro, ni siquiera parece militar“, le dice el pope ortodoxo al soldado con vena artística); hombres que son más hombres de lo que creían (el soldado que se enamora de la puta Vasilisa). Putas que lo son, y mucho, por obra y arte de la tradición: “mi madre ha sido puta, mi abuela fue puta, mi hermana es puta. Lógico que yo lo sea, ¿no?”.



Crítica recurrente a la falta de libertad o de cosas buenas en los regímenes totalitarios: “Con el fascismo, todas estas cosas están prohibidas”, comentan los soldados fumando la droga que les trae un turco que pasaba por ahí … (ese que les quita las armas y les deja la droga). Mujeres que saben disfrutar de su cuerpo: la chica pastora que incita y excita a los soldados, la que se deja tocar con la naturalidad más sorprendente... 



Mediterráneo puede ser también la historia de la colonización a la inversa: estos soldados italianos terminarán vestidos como los griegos y gustarán de la vida que llevan en aquella isla. Tanto les enamorará que volverán.



La película describe, de manera sutil, la capacidad humana de disfrutar la sencillez de los días, dejando atrás las grandes aventuras y los impedimentos de convivencia que establece lo religioso y lo militar. Las imágenes, la banda sonora, la historia, el turco, el partido de fútbol, la amistad, cuando les roban las armas y al encontrar otras, pasan de ellas... la conversación del masaje... Dedicada a todos aquellos que están escapando, reza al final.

Título: Mediterráneo 
Dirección: Gabriele Salvatores 
Guión: Enzo Monteleone
Reparto: Claudio Bigagli, Diego Abatantuono, Giuseppe Cederna, Vana Barba
Género: Largometraje de ficción 
Productores: Mario Cecchi Gori, S. Berlusconi etc. 
Duración: 96 minutos 
Estreno: 1991
País: Italia
Idioma: Italiano 
Título original: Mediterraneo

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sábado, 16 de septiembre de 2023

VENCEDORES O VENCIDOS (JUDGEMENT AT NÜREMBERG) (STANLEY KRAMER, 1962) (AVI)

Hoy toca una de esas películas-fetiche para mi, de las que no me cansaré de ver una y otra vez mientras viva. No en vano está protagonizada por algunos de mis actores favoritos: SPENCER TRACY, MAXIMILLIAN SCHELL, BURT LANCASTER, MONTGOMERY CLIFT, MARLENE DIETRICH y dirigida por uno de mis directores predilectos: STANLEY KRAMER.
Nuremberg, la ciudad que fuera capital del nacionalsocialismo, la que en 1934 celebró el sexto Congreso de Nuremberg organizado por el nazismo triunfante, tras la toma del poder, la misma ciudad que se convirtió en un gigantesco estudio y plató de cine, renovando su fachada para rodar "El triunfo de la voluntad (1935)", Leni Riefenstahl en esa misma ciudad, en 1948, un tribunal formado por las autoridades estadounidenses que vencieron en la Segunda Guerra Mundial se dispondrá a juzgar a un grupo de criminales de guerra nazis, los representantes de la ley durante el gobierno hitleriano: los jueces del III Reich, responsables de las atrocidades cometidas en la Alemania nazi.
El relato se centra en las acusaciones que recaen sobre cuatro magistrados referentes a las esterilizaciones realizadas en presos, así como en las condenas racistas que tales jueces dictaron. Los juicios de Nuremberg es un film de reconstrucción histórica, que evoca las mentalidades de la primera posguerra, desde la perspectiva judeo-norteamericana; y no la crónica del célebre proceso de Nuremberg, que se sucedió desde el 20 de noviembre de 1945 al 1 de octubre de 1946, celebrado contra los jerarcas del nazismo.
Los juicios de Nuremberg es un film de categoría realizada bastantes años después de aquellos procesos, que debate no tanto la culpabilidad de unos ex jueces nazis, sino las presiones ejercidas sobre un viejo magistrado liberal, en los inicios de la Guerra Fría, para que atenúe las sentencias de los acusados, pues Berlín estaba aislada por los soviéticos y los aliados necesitaban la colaboración del pueblo germano.
Es famoso el discurso del honesto juez Haywood (Tracy): "Crímenes y atrocidades no constituyen el punto más grave de los cargos formulados. Lo grave es el hecho de haber tomado parte en un sistema esencialmente inhumano".
Asimismo, el abogado defensor era un patriota, que sentía la necesidad de salvaguardar el prestigio moral de unos hombres, ahora procesados, a quienes los ciudadanos alemanes habían asignado la administración de la justicia durante el régimen hitleriano. Este personaje fue interpretado por Maximilian Shell, que ganó el Oscar de Hollywoow al mejor actor y también al mejor guión adaptado. Kramer reunió a un reparto antológico donde destacan Spencer Tracy, como Juez, Burt Lancaster, como ex juez nazi, Richard Widmark, como fiscal y Montgomery Clift, como un pobre deficiente mental esterilizado. También aparece Marlene Dietrich y Judy Garland.
La cinta es una sucesión de magníficas interpretaciones individuales, todas ellas, de actores consagrados, en la que pudieron lucirse prácticamente todos ellos. Pero especialmente Clift, que incluso parece ser, que improvisó frases a su papel, aunque se llegó a rumorear que en algunas ocasiones no podía recordar el diálogo y hubo de recibir ayuda de parte de Tracy. Ambos fueron nominados.
Se rodó entre enero y abril de 1961, con un presupuesto bastante estimable y con tres horas de metraje se fotografío en blanco y negro de la mano de Ernest Laszlo y Ernest Gold firmó la música. En Alemania se estrenó en diciembre de 1961, en el Konjgress Halle, a cuatro pasos del telón de acero. En España se exhibió por primera vez en 1962 y repuesta en 1980, bajo el ambiguo título de Vencedores o vencidos, con varios cortes de censura, abreviando la parte documental de los campos de exterminio y se cambiaron algunas expresiones comprometedoras.
¿Dónde se encuentran los límites del patriotismo debido, de la lealtad institucional, y dónde los de la pura humanidad? Esa es la pregunta que plantea Vencedores o vencidos, título sin duda imponente pero un tanto tendencioso que tapa el original que, sencilla y explícitamente, es El juicio de Nuremberg. Pues este episodio es el que aborda esta excelente película, que en mi opinión es uno de los mejores ejemplares de cine histórico realizado en Hollywood: porque, sin renunciar a la capacidad narrativa del buen cine comercial norteamericano, plantea una interesante mirada sobre el proceso a unas ideas, unos hombres y una época que nunca, por desgracia, perderán actualidad. Lo hizo, además, bajo una apasionante mezcla de cine-espectáculo y cine-documento, que comienza por una impresionante reunión de grandes estrellas de su época, cada una en un papel espléndido —¡aunque quien ganó el Oscar al Mejor Actor fue el menos conocido de todos, el joven actor austriaco Maximilian Schell!—, pero todos impecablemente sujetos a las necesidades de su personaje, que a unos los obliga a un lucimiento extravertido y a otros a una notable contención expresiva. Por encima de todo, Vencedores o vencidos es un buen ejemplo de ese concepto del cine que tuvieron cineastas como su gran impulsor, el productor y director Stanley Kramer, impulsados por un sentido de la responsabilidad moral que no tuvo por qué claudicar (casi) nunca al mero sermón para buenas conciencias.
Al parecer, Abby Mann, cotizado guionista televisivo, vio reclamada su atención por la noticia de que, a la altura de finales de los 50, prácticamente no quedaba en la cárcel ninguno de los condenados por los crímenes del régimen nazi en los famosos juicios de Nuremberg celebrados entre 1945 y 1949. Fue entonces cuando decidió escribir un libreto sobre el tema, que primero vio la luz en el medio televisivo para el que trabajaba, dentro del programa «Playhouse 90», en abril de 1959. El director del dramático fue George Roy Hill, futuro director de las dos celebradas gansadas de Paul Newman y Robert Redford Dos hombres y un destino (1969) y El golpe (1973). El ya anciano Claude Rains (el teniente Renault de Casablanca) interpretó el papel luego confiado a Spencer Tracy en la versión cinematográfica; a otro excelente veterano, Paul Lukas, le fue confiado el del juez alemán Janning, su doble moral. Hay que señalar que el reparto televisivo ya contaba con Maximilian Schell en el papel del abogado defensor Rolfe, que luego repetiría en cine (también el secundario Werner Klemperer, inolvidable rostro del despreciable Emil Hahn) con gran fortuna, al llevarse el Oscar a la Mejor Interpretación Masculina, siendo evidentemente el más desconocido de todo el estelar reparto reunido por Kramer.
Otro cartel de Vencedores o vencidosA la hora de afrontar su visión sobre el célebre juicio, Mann no se centró, sin embargo, en el primero y más espectacular de los procesos, que tuvo lugar contra los 24 jerarcas de mayor importancia que pudieron ser encontrados con vida (los más notables ausentes fueron los suicidados Hitler, Goebbels, Himmler y Bormann), sino en los en apariencia más secundarios. La historia de El juicio de Nuremberg se centra en los procesos contra las jerarquías menores, los funcionarios de élite que posibilitaron el triunfo del totalitarismo por su plena colaboración con los rectores del nacionalsocialismo. En concreto, el proceso que centra la película es contra los jueces del Tercer Reich. Mann, por ello, plantea un muy interesante problema moral: ¿es la misión de un juez limitarse a aplicar la ley vigente sin cuestionar su trasfondo ético? ¿O es deber suyo anteponer la Justicia abstracta al ordenamiento legal de ese país al cual ha jurado servir?
Con inteligencia, Mann centra toda la dramaturgia en torno a la confrontación moral entre dos magistrados. Uno es el anciano juez norteamericano que preside la causa, Dan Haywood. El otro es el principal acusado, Ernst Janning. Haywood, sencillo, campechano, reconoce la enorme relevancia de Janning, autor de obras consideradas como clásicos del Derecho, La actitud de éste durante el juicio (se resiste a aceptar la apasionada defensa de su abogado Rolfe y en todo momento permanece en el banquillo con la mirada baja, dominado por una digna reserva que contrasta con la actitud de sus tres compañeros —a quienes obviamente desprecia—, que no pueden evitar mostrar bien su resentida bajeza o su atónita estupidez) aumenta la enorme curiosidad que le produce un hombre en quien intuye una enorme superioridad tanto intelectual como moral.
Haywood asume su condición de mero profesional de la justicia, muy lejos de las alturas a las que se ha movido Janning: se reconoce en todo momento como un juez provinciano, que ni siquiera ejerce ya —fue derrotado en las últimas elecciones: que la judicatura pueda ser sometida a elección sorprende a la aristocrática viuda alemana con quien traba amistad (podríamos decir lo mismo del espectador español, claro…)— y que sabe que si se halla en tan prominente juicio es porque a nadie interesan ya esos procesos y todos los que estaban por encima de él en la lista de posibles rechazaron el honor. Significativamente, nos hallamos en vísperas de la crisis que dio comienzo a la guerra fría: el bloqueo soviético de Berlín, ante el cual las autoridades estadounidenses acaban por convencerse de que necesitan no a una Alemania completamente postrada sino a una Alemania convertida en poderosa aliada contra el comunismo.
Desde el primer momento hay que señalar que los dos mayores activos de Vencedores o vencidos radican en su excelente guión (tanto en su desarrollo como en los interrogantes éticos y morales que tan bien sabe levantar) y en su magnífico nivel interpretativo. Precisamente, es un acierto que esa confrontación entre los dos jueces, el que juzga y el que es juzgado, no se plantee en primer término sino que vaya surgiendo conforme avanza la historia, pero que empiece a levantarse a partir del similar estilo interpretativo de los dos actores, ambos extraordinarios, Spencer Tracy (Haywood) y Burt Lancaster(Janning).
Spencer Tracy como el juez HaywoodTracy, paradigma siempre de la naturalidad de los grandes de Hollywood, transmite desde su primera aparición, mientras observa con contenido dolor las desoladas ruinas de Nuremberg, la apacible sencillez que conforma su personalidad. La contención del actor sirve de modo magnífico a la propia contención del personaje, un hombre que en todo momento se hace preguntas, preguntas que indudablemente producen un desgarro en su bondadosa naturaleza. La más lacerante de ellas es: ¿cómo pudo el conjunto del pueblo alemán mirar para otro lado mientras se producían las atrocidades que día tras día se muestran en el juicio? Pregunta que se hace con más intensidad a medida que va conociendo a alemanes a quien en principio no duda en calificar de buenas personas (el matrimonio que atiende su casa o la viuda —de un general ejecutado durante uno de los primeros procesos—, por la que siente una indudable atracción, más admirativa que sentimental, eso sí: claro, es Marlene Dietrich).
¿Qué es ser una buena persona? O, más bien, ¿puede mantenerse la bondad en un mundo de perversidad sin verse contaminada? ¿O acaso, en el fondo, el ser humano sólo puede ser bueno cuando el mundo, la sociedad en que vive, también lo es: es decir, cuando esa bondad no es puesta a prueba? Preguntas que son fáciles de responder cuando no se ha tenido ocasión de ver probada nuestra capacidad de resistencia, claro.
La mirada de Tracy, su gesto severo pero nunca hosco, más bien triste, transmite de modo imborrable esas preguntas, esas reflexiones que son las que también se hace el espectador. A este respecto, hay un momento extraordinario, quizá el mejor en cuanto a sutileza, a ausencia de subrayados, del film: aquél en que los parroquianos de la taberna donde hablan la señora Berthold y Haywood empiezan a corear ruidosamente una canción, mientras éste último los mira con desconcierto, llevado de las reflexiones que acaban de provocar en su ánimo las palabras de la mujer sobre la ignorancia de los buenos alemanes sobre las atrocidades que cometían los nazis.
Un inolvidable Burt Lancaster como Ernst JanningFrente a él, Burt Lancaster ofrece el prodigio de una interpretación que le exige la más absoluta reserva, el más completo laconismo, durante la mayor parte del metraje. Y sin embargo, basta un mero movimiento de su cabeza —cuando la infeliz Irene Hoffmann/Judy Garland, a la que condenó por «corrupción racial», arruinando su vida, pasa dignamente a su lado y él, cuando ya lo ha rebasado, la sigue con la mirada, demostrando que sí está plenamente atento a ese proceso del que parece querer aislarse—, o la forma de esperar a que uno de los hombres abyectos con quien se avino a colaborar le deje pasar para recuperar su sitio en el banquillo; bastan, digo, para mostrar la enorme capacidad para expresar lo máximo con lo mínimo tan propia también de la gran escuela interpretativa del Hollywood clásico. Hay que recordar, eso sí, la versatilidad de un intérprete que supo ser sobrio y digno, pero también extravertido hasta el histrionismo sin dejar nunca de estar excelente (su inolvidable Elmer Gantry para El fuego y la palabra, por ejemplo).
Conforme avanza la acción, Janning va advirtiendo que bajo el aspecto sencillo y poco impresionante del veterano magistrado que preside su juicio se esconde un hombre primero con sobrada capacidad para dirigir unas sesiones tan complejas, en las que los estallidos de sentimientos son frecuentes, y después un verdadero juez de la naturaleza humana. Por ahí es por donde el espectador acaba recibiendo la respuesta de por qué un hombre digno y capacitado como Janning se avino a colaborar por el nazismo. Sí, sin duda hay lealtad y patriotismo, y el firme propósito de no abandonar su puesto para mitigar en lo posible las injusticias que el buen juez sabe que, con los nazis en el poder, van a caer sobre Alemania. Pero también hay vanidad. La vanidad del hombre que se sabe superior en todo a sus semejantes y que no se resignó a perder el papel principal al que estaba acostumbrado en la marcha de su país.
En la maravillosa escena final, ya concluido el juicio y condenado a prisión perpetua, Janning convoca a Haywood ante su presencia. Siempre modesto, el americano, pese a que está a punto de marchar al aeropuerto para coger el avión de regreso, acude a la celda del alemán. Janning le entrega un resumen de sus procesos, pero en realidad le ha hecho llamar para hacerle saber el respeto que siente por quien ha dictado sentencia condenatoria sobre él; es decir, el alemán no puede evitar hacerse señalar como un igualmoral ante ese hombre al que ha llegado a respetar (él, al que tan difícil le ha resultado a lo largo de su vida respetar a las medianías con quienes ha tenido la desgracia de convivir). Pero Janning comete un error al intentar, por única vez, una mínima justificación, exclamando que no podía imaginar el horror al que se llegaría. La respuesta del honesto Haywood es implacable: «Se llegó a eso la primera vez que usted condenó a muerte a alguien sabiendo que era inocente».
El abogado Rolfe y el fiscal Lawson, Maximilian Schell y Richard WidmarkAdemás de la contraposición entre Haywood y Janning, el guión de Mann ofrece otras dos. La primera, por supuesto, es la que tiene lugar entre los dos enemigos que disputan por Janning, el fiscal Lawson y el abogado Rolfe. Es muy significativo que, al igual que Lancaster y Tracy están unidos por una interpretación sobria y contenida, también Richard Widmark y Maximilian Schell aparecen igualados por un estilo que, eso sí, es mucho más expresivo e incluso histriónico, como se corresponde, según la tradición del cine norteamericano sobre juicios, con el aire de escenificación que poseen los duelos entre fiscal y abogado. Resulta llamativo, por otro lado, la forma en que guionista, director e intérpretes juegan con las expectativas del espectador a la hora de caracterizar a ambos.
Desde el primer momento, Rolfe hace las veces del personaje simpático: un hombre que sabe lo difícil, casi imposible, de su defensa, pero que está dispuesto a salvar, cuanto menos, la figura de un referente tan notorio como Janning para la Alemania que debe reconstruirse tras la guerra. Su juventud, su abnegación, incluso la mayor contención de Schell frente al mucho más excesivo Widmark, atraen sobre él esa simpatía que se le niega a Lawson, quien sin embargo es quien debería concitarla, por cuanto la Verdad (¿o no hay que escribirla con mayúsculas?) está de su lado. Lawson, bien al contrario, resulta más bien desagradable —en alguna ocasión, Kramer, un hombre por lo general poco sutil, carga las tintas en exceso, como en ese momento en que su mera presencia, encima embriagado, aleja de la reunión con los jueces a la señora Berthold— y en ningún momento consigue transmitir del todo la nobleza del firme defensor de la justicia que sin duda es, hasta el punto incluso de negarse a aceptar las componendas que le piden las altas esferasmilitares ante el estallido de la crisis de Berlín. La elección de Widmark ya era un indicio: el peso de los numerosos villanos que interpretó el actor sin duda se encuentra tras el personaje de Lawson, a quien desde el primer momento se le presenta como un hombre en exceso rígido (casi fundamentalista), pronto a los estallidos de histrionismo e incluso a la pura manipulación. ¿Hay que señalar que en algún momento —por ejemplo, ante las protestas desencajadas con que Rolfe recibe la proyección de las filmaciones tomadas en los campos de concentración— Widmark sonríe como un villain?
Otra contraposición indudable es la que tiene lugar entre los dos principales testigos de la acusación, el retrasado Petersen y la mujer condenada por tener (falsas) relaciones con un judío, Irene Hoffman. Ambos papeles, breves pero sin duda intensos, muy propicios para el lucimiento de sus intérpretes, fueron confiados, sin duda de modo muy consciente, a dos actores que ya se hallaban en decadencia, tanto profesional como físicamente. El patetismo que transmiten Montgomery Clift y Judy Garland a sus personajes sin duda nace de la propia condición patética de sí mismos, en un juego meta-dramático que resulta muy incómodo.
Montgomery Clift como PetersenAhora bien, Vencedores o vencidosno consigue ser la obra maestra que merecía, y sin duda eso se debe a la labor de dirección de su gran impulsor, el siempre bienintencionado pero poco dúctil Stanley Kramer. Es cierto que la realización de una película de juicios siempre es delicada, por el evidente riesgo de monotonía en la planificación (o de su contrario, el efectismo). La apuesta de Kramer se basa en el juego con los encuadres. Las escenas principales de interrogatorios o de exposición, bien del defensor o del fiscal, se desarrollan invariablemente bajo la misma fórmula: a partir del encuadre inicial del personaje, la cámara va efectuando un lento travelling en torno al actor hasta incluir en el plano la figura de otro personaje que tiene una importancia clave en ese momento (frecuentemente de Haywood o de Janning), utilizando por tanto una notable profundidad de campo que iguala el primer plano con el fondo del mismo.
 
El reencuadre, en otras ocasiones, tiene lugar utilizando el zoom, ya sea lenta o súbitamente, esto último en los momentos más efectistas (como en el juego de reencuadres entre Rolfe y el anciano juez Wick, cuya digna posición va minando aquél con sus reproches sobre la aquiescencia que incluso él tuvo con las autoridades nazis: la escena concluye con un abrupto zoom hacia Rolfe cuando éste acaba por hundir la seguridad del anciano). El recurso, en principio interesante, por desgracia acaba malgastándose por su abuso, hasta el punto de que acaba amenazando con distraer la atención del espectador interesado por la puesta en escena, que acaba más pendiente de ver dónde acabará el reencuadre que de atender a las palabras de los personajes.
Su director, Stanley Kramer es uno de los clásicos productores de Hollywood que se pasó después a la dirección, destacando con diversos filmes comprometidos como "Fugitivos (1958)" "Adivina quién viene esta noche (1967)" sobre la discriminación racial , "La hora final (1959)" acerca del peligro de guerra nuclear, o "La herencia del viento (1960)" sobre las teorías evolucionistas.
Vencedores o vencidos era la adaptación al cine en clave de superproducción para pantalla grande de una producción televisiva, Nuremberg (Judgement at Nuremberg), que dirigió en 1959 George Roy Hill, con Melvyn Douglas, Paul Lucas, Claude Rains y Maximilian Shell repitiendo el papel de Hans Rolfe. Por otra parte, antes de que la ficción cinematográfica se interesara por los hechos de Nuremberg, el cine documental ya se había ocupado del asunto con el film Nuremberg, dirigido en 1946 por Pare Lorentz, utilizando secuencias filmadas en el juicio real contra los criminales nazis.
Con todo, y pese al exceso de subrayados, Vencedores o vencidos sigue destacando como un dignísimo ejemplo de cine comprometido con la denuncia moral de la realidad histórica. Desde luego, no puede negarse la intensidad que transmite en sus mejores momentos: cómo olvidar ese fabuloso instante en que, ante la terrible presión que Rolfe está efectuando sobre la desgraciada Irene, Ernst Janning acaba incorporándose, en el fondo del plano, para gritar con severidad a su propio defensor: «¿Es que vamos a empezar de nuevo?». Pese a la cantidad de veces que he visto esta película, continúa emocionándome la dolida dignidad de Burt Lancaster al interrumpir a su abogado. A continuación, toda la declaración de Janning mantiene con el alma en tensión al espectador, tanto por la genial interpretación de Lancaster como por la estupenda declaración que el guionista Abby Mann pone en sus labios y que resulta estremecedoramente convincente desde el punto de vista del análisis socio-moral de aquel terrible momento histórico. Es por esos momentos, por las preguntas que levanta, por el dramatismo que despierta, por lo que Vencedores o vencidos sigue manteniendo su valiente pertinencia moral y cinematográfica.
DISFRUTAD !!!
Título original: Judgment at Nuremberg .

Director: Stanley Kramer.

Intérpretes: Spencer Tracy, Burt Lancaster, Richard Widmark, Marlene Dietrich, Maximilian Schell, Judy Garland, Montgomery Clift.


sábado, 2 de septiembre de 2023

EL TERCER HOMBRE (THE THIRD MAN, CAROL REED, 1949) (AVI)


Me ha parecido rematadamente difícil escribir sobre esta obra maestra sin caer en subjetividades y comentarios parciales. Es una de aquellas películas que me marcaron definitivamente y que me consolidaron como el cinéfilo que he sido durante toda mi vida. Recuerdo que la vi con mi madre allá por 1982 en un pase excepcional en el CINE VERDI del barrio de Gràcia de Barcelona. Mi progenitora era una apasionada de JOSEPH COTTEN y de ORSON WELLES y me invitó a adentrarme en el mundo de estos monstruos. Tanto la película como la música me sedujeron hasta tal límite que significó un antes y un después en mi vida, ayudándome a entrar en otros estilos como el expresionismo alemán.

Como decía, me resulta complicado hablar de esta película con rigor objetivo, por lo que he recurrido a un texto que he encontrado en un blog similar a éste, por lo tanto os dejo con él, porque me ha parecido poco menos que sublime:


¿Qué convierte El tercer hombre en una película inolvidable?¿Qué es lo que hace que siga hipnotizando a nuevos espectadores? ¿Es posible escribir algo original sobre ella? A todas estas preguntas trataré de darles unas respuestas a lo largo de este post. De lo que no hay duda es que es un gozo volver a ponerse frente a la pantalla y dejarse llevar por la cítara de Anton Karas (sin miedo a que esto se convierta en un tópico) y ‘mirar’ El tercer hombre.

Así Graham Greene (convertido en guionista) nos seduce con un atractivo triángulo formado por un escritor norteamericano de novelas del Oeste, Holly Martins; por su mejor amigo, Harry Lime, que ‘prospera’ en la Viena de la posguerra y por Anna, una actriz checoslovaca que trata de sobrevivir y que vivió un intenso romance con Harry.



Los tres pululan en un universo especial, en una Viena destruida por la guerra donde los ciudadanos tratan de recuperar su cotidianeidad a pesar de estar dividida en zonas ocupadas por los aliados (franceses, británicos, rusos y norteamericanos). Una Viena que tiene una vida propia que intenta resurgir de las cenizas y donde la ambigüedad moral impera por sus callejuelas, locales, casas y alcantarillas… O en los rostros de sus habitantes.

Carol Reed se deja seducir por el expresionismo alemán y emplea las sombras, los planos y contraplanos, los rostros de sus secundarios, las localizaciones (como las callejuelas vienesas, los locales nocturnos, los apartamentos y las alcantarillas) para distorsionarlos y crear una realidad deformada que representa a la perfección cómo se encontraban los ánimos después del final de una guerra horrible. Pero también toma elementos del mejor cine negro tanto en la psicología de los personajes principales (el perdedor desde el primer fotograma, ese inolvidable Holly Martins) como en la importancia de una atmósfera de ambigüedad moral y desencanto así como en el reflejo de un romanticismo trágico.

Por otra parte Graham Greene empapa toda esta historia oscura con unos evidentes ramalazos de comedia negra que se dejan caer a lo largo del metraje dando un toque especial. El vendedor de globos intentando vender su mercancía a unos policías ocultos en las sombras, la fallida conferencia de Holly Martins sobre ‘alta’ literatura, algunos personajes secundarios que rozan el esperpento, el ‘dulce’ niño que denuncia a un inocente como presunto asesino…

La trama comienza de manera fuerte: Holly Martins (inolvidable Joseph Cotten) acude a Viena tras una llamada de su amigo Harry Lime (enigmático Orson Welles) que le ofrece un trabajo. Cuando llega se entera de que su mejor amigo acaba de ser atropellado accidentalmente y ha muerto. Acude al cementerio para despedirse del amigo y ahí ve por primera vez a Anna (ambigua Alida Valli) pero también a un policía británico, Calloway (eficaz Trevor Howard), que investiga a Lime al que acusa de estar inmiscuido en asuntos turbios y por otra parte el único que echará una mano a un solitario Holly. El escritor en un primer momento no cree las acusaciones de Calloway y  decide por ello investigar la muerte del amigo y limpiar su nombre… Y empieza un thriller enigmático que lo que nos cuenta finalmente es una triste historia de amistad condenada y un  amor imposible.



Uno de los sambenitos (pero que también la han hecho popular) que ha arrastrado El tercer hombre es que Carol Reed no fue el director total de esta obra sino que ahí estaba la mano larga de Orson Welles y que toda la escena de la persecución en el alcantarillado vienés se debía a su dirección y saber hacer. Sin embargo, a parte de los testimonios que ofrece el propio Welles en los que dice que él no ejerció de director, sí podemos ver en una obra anterior del realizador británico, la estupenda Larga es la noche, que Reed pudo ser perfectamente el único director de El tercer hombre. En Larga es la noche cuenta la persecución nocturna de un terrorista del IRA y nos encontramos en esas persecuciones a través de callejones ‘aires’ que nos recuerdan a escenas que veremos después en El tercer hombre.

Lo que sí hizo suyo Orson Welles fue al personaje de Harry Lime que incluso antes de aparecer ‘se come’ la historia a dentelladas (su presencia es siempre evidente) y cuenta con una de las apariciones más increíbles de un personaje (ese gato que le sigue y se restriega en sus pies, ese callejón oscuro y un portal sin luz, esa luz que se enciende de pronto en medio de la noche, y el rostro iluminado de Harry Lime). Cuando ves la película por primera vez el impacto es igual al que sufrimos con la aparición de Gene Tierney en Laura (puro cine negro), otro personaje siempre presente incluso en su ausencia. Así no le dotó solamente de una presencia hipnotizadora sino que le regaló un gran monólogo mil veces repetido (“en Italia, en treinta años de dominación de los Borgia hubo guerras, terror, sangre y muerte, pero surgieron Miguel Ángel, Leonardo da Vinci y el Renacimiento. En Suiza hubo amor y fraternidad, quinientos años de democracia y paz y… ¿qué tenemos? El reloj de cuco”), se dejó perseguir por las alcantarillas, dejó ver unas manos desesperadas que quieren salir al asfalto a través de una rejilla y protagonizó una muerte que suplica con los ojos.

Otro de sus puntos fuertes es la historia de amor imposible entre Anna y Holly Martins. Éste último sabe que nada puede hacer pero siempre lo intenta, protagoniza una triste declaración de amor sumido en el alcohol donde le confiesa a Anna que la ama. Los dos saben que nunca estarán juntos. Desde el principio no dan ninguna oportunidad a su historia, la sombra de Harry es alargada. Uno de los motivos por los que Holly se plantea traicionar al amigo, no es sólo lo que descubre de él, sino el poder salvar a Anna de su compleja situación. Pero ella se deja llevar por una fidelidad absoluta hacia Harry, le comprende ciegamente y está eternamente agradecida porque iluminó sus momentos oscuros y le arregló los papeles… Le quiere con su ambigüedad moral y su complejidad y por eso sólo vive la ‘actitud’ de Holly como una sucia traición.

Él la ve por primera vez en el cementerio. Y ella no repara en el rostro del fracasado escritor de novelas del Oeste. Y su historia termina en ese mismo cementerio cuando ella le ignora en ese plano fijo maravilloso donde pasa de largo con la cítara de fondo… Y Holly no hace nada más que tirar su cigarrillo. Su amor estaba ya muerto desde el principio… Y esta escena se queda para siempre en la retina de cualquier espectador que la vea por primera vez.



Título original: The Third Man (The 3rd Man)
Año: 1949
Duración: 104 min.
País: Reino Unido Reino Unido
Director: Carol Reed
Guion: Graham Greene (Novela: Graham Greene)
Música: Anton Karas
Fotografía: Robert Krasker (B&W)

Reparto:
Joseph Cotten,  Alida Valli,  Trevor Howard,  Orson Welles,  Bernard Lee, Paul Hörbiger,  Ernst Deutsch,  Siegfried Breuer,  Erich Ponto,  Wilfrid Hyde-White, Hedwig Bleibtreu

Productora: London Films. Productores: Alexander Korda, David O. Selznick
Género: Cine negro. Intriga. Drama | Amistad
Adaptación: Graham Greene

Sinopsis:
Comienzos de la Guerra Fría, en Viena, 1947. El norteamericano Holly Martins, un mediocre escritor de novelas del Oeste, llega a la capital austríaca cuando la ciudad está dividida en cuatro zonas ocupadas por los estados aliados de la II Guerra Mundial. Holly va a visitar a Harry Lime, un amigo de la infancia que le ha prometido trabajo. Pero su llegada coincide con el entierro de Harry, que ha muerto atropellado por un coche en plena calle. El jefe de la policía militar británica le hace saber a Martins que Lime estaba gravemente implicado en el mercado negro. Pero a Martins no le cuadra un detalle: todos dicen haber visto a dos hombres en el lugar del atropello intentando ayudar a Lime, pero un testigo asegura haber visto a un tercer hombre... Adaptación de la novela homónima de Graham Greene. (FILMAFFINITY)


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sábado, 26 de agosto de 2023

EL BAZAR DE LAS SORPRESAS (THE SHOP AROUND THE CORNER, ERNST LUBITSCH, 1940) (AVI)


En este blog no podía faltar la peícula que le ha dado título, esta comedia romántica de ERNST LUBITSCH cuyo trasfondo no sólo transcurre entre los corazones de JAMES STEWART y MARGARET SULLAVAN, porque también contiene una gran carga social de crítica hacia la sociedad de clases.

Recuerdo que la vi por primera vez en 1983, en el cine ALEXANDRA de Barcelona en una sesión matinal de cine de culto, algo que por aquellos entonces solía ser bastante común en la ciudad condal. Fui con mis compañeros de la ACADEMIA RIPOLLÉS en una actividad organizada por el profesorado, un sábado por la mañana y la daban en versión original con subtítulos. En unos años repletos de Indianas Jones, retornos de jedis, cazafantasmas, gremlins y un largo etcétera de productos aborregantes, llevar a un grupo de adolescentes a ver una película de los años 40 era todo un reto, pero al menos uno de ellos salió super satisfecho de haber visto una obra maestra. Pues bien, este sujeto, 44 años después os la ofrece a través de la red de redes, en descarga libre para vuestro uso y disfrute.


Y ahora vamos a por la sinopsis:

Los empleados de la marroquinería del campechano y dubitativo Matuschek, de Budapest forman una familia bien avenida, en la que Alfred Kralik, el más antiguo de los empleados, siempre debe resolver las dudas del dueño.


Un día se presenta en la tienda Klara Novak pidiendo trabajo, que logrará tras demostrar sus habilidades como dependienta al señor Matuschek, si bien surgirán enseguida las rencillas entre ella y Alfred, al que Klara trata despectivamente al considerarlo un ser vulgar, muy diferente del hombre de sus sueños, un tipo culto y sensible con el que se intercambia cartas a través de un apartado de correos, ignorando que su amado es el propio Kralik, que también desconoce la identidad de la mujer con la que se escribe.


Y de pronto el señor Matuschek, que hasta entonces había confiado ciegamente en Alfred, al que invitaba a las fiestas de su casa, deja de hablarle y le regaña por todo, estallando su ira cuando, tanto él como Klara le piden permiso para marcharse más pronto justamente el día en que el empresario les había pedido que se quedaran unas horas más tras el cierre para cambiar su escaparate, decidiendo despedir a Alfred.


Este, que justamente había concertado esa misma tarde una cita con su amiga anónima, se queda tras el suceso desolado y sin ganas de acudir a la cita, pese a lo cual, se acerca por curiosidad, acompañado por su amigo Pirovitch, a la cafetería, dándose entonces cuenta de que la mujer con la que ha mantenido la relación epistolar es Klara, por lo que finalmente se decide a entrar, aunque sin identificarse, y charla con ella, aunque finalmente, y como siempre acaban discutiendo.


Entre tanto, esa misma noche, y tras regresar del último de sus recados, Pepi logra evitar el suicidio del señor Matuschek tras enterarse por un detective de que, tal como sospechaba, su mujer le engaña con uno de sus empleados, si bien no era Alfred, como creía, sino el pelota Ferencz Vadas, que lleva un tren de vida que no se corresponde con sus ingresos.
Tras admitir su error, y mientras convalece en el hospital, Matuschek readmite a Alfred, y le nombra director de la tienda, siendo su primera decisión echar a patadas a Vadas.


Tras ello visitará a Klara, que, tras la fallida cita con su enamorado sufrió un disgusto tan grande que enfermó, si bien mejorará enseguida, tras recibir una carta de disculpas de su comunicante anónimo en la que se justifica por no haberse presentado a la cita, debido que la vio con otro hombre.



En Noche Buena, y antes de cerrar la tienda Alfred habla con Klara y le cuenta que conoce al hombre objeto de sus sueños, al que halaga a la vez que lo describe como un hombre gordo y calvo que está en el paro y que se interesó mucho por el sueldo de la muchacha debido a que él carece de trabajo, haciéndole ver además que los textos de su carta eran copiados de autores famosos.


Ella, que se siente comprometida con ese desconocido, confiesa pese a ello a Alfred que desde el principio se sintió atraída por él, si bien lo trataba mal porque leyó en una novela que la heroína conquistaba así a su amado.
Al oír eso él ya no siente ninguna duda y le confiesa que es él el autor de las cartas y que está enamorado de ella.



EL BAZAR DE LAS SORPRESAS:

The shop around the corner (1940) USA
Duración: 91 Min.
Música: Werner R. Heyman
Fotografía: William H. Daniels
Guión: Samson Raphaelson (N.:Nikolaus Laszlo)
Dirección: Ernst Lubitsch
Intérpretes: Margaret Sullavan (Klara Novak), James Stewart (Alfred Kralik), Frank Morgan (Hugo Matuschek), Joseph Schildkraut (Ferencz Vadas), Sara Haden (Flora Kaczek), Felix Bressart (Pirovitch), William Tracy (Pepi Katona), Inez Courtney (Ilona Novotny), Charles Halton (Detective), Charles Smith (Rudy).

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